Martes, 21 de Octubre del 2014
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Santuario de Melchorita - Ica

Santuario de Melchorita


Ubicado a 10 kilómetros de la ciudad de Chincha, Melchora Saravia Tasayco, más conocida como La Melchorita fue una terciaria franciscana gran devota de Santa Rosa de Lima; para emularla, construyó una ermita en su casa y se dedicó al cuidado de los pobres y enfermos del pueblo, tenía un espíritu piadoso y alma caritativa.

 

  

 

Se hizo muy querida y respetada por todos los lugareños, quienes tras su fallecimiento, el 4 de diciembre de 1951, tomaron su casa como un centro de veneración.

Historia de su vida y Muerte

En aquellos años de la guerra del Pacifico de 1879, que enfrentó a peruanos y chilenos, trajo destrucción y caos al territorio nacional. Durante la invasión chilena casi todas las grandes haciendas de la costa fueron destruidas y sus cultivos de caña de azúcar, menestras, vid, arroz y pan llevar fueron arrasados.

Reconstruir la economía del país después de la guerra fue un duro trabajo. Hacia 1895 nuevamente las haciendas de la costa empiezan a producir en grandes cantidades. Esta vez, con la entrada de capitales mercantiles, nuevos productos agroindustriales se empiezan a sembrar desplazando a los productos tradicionales.

 

Aquí, en el valle de Chincha, el 6 de enero de 1895 en el pequeño pueblo de San Pedro de Grocio Prado, nace Melchora Saravia Tasayco más conocida como “La Melchorita”. En el caserío de San Pedro, todo el mundo era gente humilde y sencilla. El trabajo era el único medio para superar el infortunio de la pobreza, y el modesto hogar de la familia Tasayco no era la excepción. Los padres y hermanos de La Melchorita combinaban el trabajo en las haciendas, cosechando algodón y limpiando acequias, con la producción de artesanía de caña verde y junco. Desde muy temprana edad, Melchorita aprendió los secretos del arte de tejer la caña verde y el junco.

Toda su familia confeccionaba canastillas, cestos y sombreros que los sábados y domingos vendían en la ciudad de Chincha y en las haciendas cercanas. Junto a este trabajo, Melchorita también empieza sus primeras obras de caridad. Melchorita viene de una descendencia de familias humildes, sencillas y modestas, pero siempre con el corazón predispuesto a Dios como fue, por ejemplo, el papá de Melchora. El se preocupaba de atender a los enfermos ya graves, como se acostumbra en nuestro pueblo, su mamá también lo hacía y Melchorita con su trabajo de artesanía que ella misma hacia como bolsitas, canastitas y sombreros de junco, que luego los vendía y con esos medios se servía para dar de comer a muchos enfermos, a muchos hermanitos que no tenían para el sostén diario.

Los hijos de los campesinos del pueblo de San Pedro, desde temprana edad empezaban a trabajar en las grandes haciendas, en sus pequeñas chacras o en la artesanía. La mayoría de ellos apenas iba uno o dos años a la escuela. Lo suficiente como para aprender a leer y escribir. Pocos tenían la suerte de terminar la educación primaria. La familia Saravia, preocupada por enfrentar la dura vida apenas envió un año a la escuela primaria a Melchorita. Eso tuvo ella en cuanto a educación. En cuanto a sus conocimientos espirituales, siempre fue una chica que desde muy temprana edad fue guiada por sus padres y siempre pegada a la religión católica y a los sacramentos. Conocer a Dios fue su primera virtud y se sabe que desde muy tierna edad sus padres la llevaban a la iglesia de Santo Domingo, para escuchar misa. Todos los domingos a las cuatro de la mañana ya estaban saliendo para ir a Chincha a escuchar misa.

En el año de 1918, las cosas seguían mal en los campos de Chincha: la mala paga, las largas jornadas de trabajo de 14 y 16 horas, el abandono y el hambre aplastaba a los campesinos. En el año 1919 los campesinos y obreros organizados logran la conquista de la jornada de las 8 horas. Sin embargo, el júbilo dura muy poco. A comienzo de 1920, una gran crisis del algodón sacude los valles de Chincha e Ica. Se reducen los salarios y grandes cantidades de peones son despedidos de las haciendas algodoneras. Más hambre y pobreza sufren las familias de los campesinos sin tierra.

Ante esta situación, Melchorita, quien ya contaba con 26 años de edad, multiplicó sus esfuerzos para atender a los campesinos pobres de su pueblo. En unas ollitas chicas que obran en poder de la familia, daba de comer a mucha gente que no tenia alimentos a las 12 del día. Ella se preocupaba por los menesterosos y les invitaba el almuerzo que ella preparaba.

Esa fue la virtud principal que el Señor le regaló: la de preocuparse de ayudar a los enfermos, a la gente más necesitada, a los humildes. No necesitó ser alguien en la vida, no necesitó de tanta educación, su vocación fue entregarse a Dios y en eso cumplió.

En el pueblo de La Melchorita, muchas familias quedaron desamparadas. Sólo la labor caritativa de Melchora Saravia era un bálsamo para el dolor de tanta gente. Melchorita instaló en su pueblo un puesto de venta de frutas y otros productos. Con las ganancias obtenidas en el negocio ayudaba a los enfermos sin recursos.

Melchorita vestía bien sencilla. Siempre con su vestido cremita, con su lacito en su cintura. Ese era su vestido de siempre. Ella no cambiaba el color, ni otro vestido mejor, siempre andaba bien humilde. De carácter era bien alegre, llamativa, y su sonrisa era como que a uno la invitaba a ser más amiga de ella. A ella le gustaba usar trencitas y se peinaba con trencitas que ella misma se hacía. En cuanto a su color, ella no era tan trigueña, tampoco clara, era de color canela.

Ella no se casó ni tuvo hijos, sus hijos fueron los pobres. A Melchorita le gustaban mucho los niños, les enseñaba el respeto, ese respeto que se merecen los mayores. Ella siempre decía: “Saluden a los mayores, porque saludar es tener buen espíritu. 

A los 57 años de edad, Melchorita cae gravemente enferma, víctima de cáncer a los senos. Fue internada en el Hospital San José de Chincha donde la operaron. Se dice que hasta el día de su muerte ella no perdió su carácter amable y jovial que animaba a sus amigos y vecinos a seguir amando la vida.

Melchora Saravia Tasayco, a la edad de 57 años fallece el 4 de diciembre de 1951. Se dice que el día de su muerte la pusieron en un cajón y ella sudaba como si estuviera viva, y el jardín que ella tenía y cuidaba mucho el cual todos los años en el mes de diciembre, los días 24, ella sacaba unas flores fraganciosas que perfumaba todo el ambiente. Una vez ella muerta, también murieron las flores”. En el ahora santuario, hecho de cañas y esteras, se puede apreciar el lecho de gruesos maderos sobre el que dormía. Para los pobladores de Chincha, no hay duda de su santidad.



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